El chico del Transmetro



Ana se apresura para llegar a la estación de Transmetro de la 18 calle. Trabaja en un oficina de abogados cercana a la Torre de Tribunales y el Ministerio de Finanzas Públicas.


Mientras la fila avanza, la mujer ocupa su mente con pensamientos sobre los gastos de graduación de Lucía, su hija de 17 años. No está segura si llamar al padre de la adolescente para recordarle que debe pagar el colegio, o esperar a qué él le llame. Se divorciaron hace algunos años, pero mantienen una relación cordial.

Ana se siente observada, al voltear se topa con la mirada de un chico de ojos color avellana a juego con su cabello castaño claro. Sin tomarle importancia, vé que se aproxima el bus y se apresura a abordarlo, para iniciar el viaje de una hora que la lleva de vuelta a casa.

La semana pasa rapidamente, Ana piensa en qué hacer durante el fin de semana pues su hija está en casa de su padre. Justo cuando va a abordar el bus, su mirada se vuelve a topar con la del joven que la observaba hace algunos días. 

-¿Va a subir?- pregunta, en respuesta recibe un movimiento negativo de cabeza, del chico que da unos pasos atrás y la deja abordar el colectivo. 

Ana es una mujer madura, se casó  los 18 años y a los 20 ya era madre de Lucía. Se separó de su esposo pues la golpeaba, le costó mucho tomar esa decisión. Tomó valor, al pensar en su hija y se negó a que la pequeña creciera pensando que lo que vivía en casa "era normal". 

Tuvo un par de relaciones, la última no había terminado de buena manera pues José su pareja montaba grandes escenas de celos, cuando ella hablaba con el papá de Lucía por gastos o asuntos del colegio, o cuando llegaba para recoger a la adolescente cada 15 días, tal y como lo estableció un juzgado de familia.

Su vida transcurría entre su casa y el trabajo, las noches que compartía con su hija y los fines de semana en que visitaba a su madre para no sentirse sola, cuando la menor estaba en casa de su padre y su nueva familia.

Pero hubo algo que comenzó a llamarle la atención, el joven de ojos color avellana. Ahora lo veía mas seguido, incluso sabía que ambos llegaban hasta la última parada de la ruta de Transmetro, luego ella caminaba tres cuadras para llegar a casa, mientras él seguía su camino.

Una tarde mientras Ana escuchaba música en su teléfono y se preparaba para bajar del bus, volteó a ver al sillón de la par al sentirse observada Se sorprendió al toparse con un par de ojos avellana, que la miraban fijamente.  Ana pensó que probablemente tenía algo en la cara o que seguramente estaba cantando en el bus sin darse cuenta, por ello el joven la observaba detenidamente.

Ese día al llegar a su destino, él le cedió el paso para que ella bajará primero, una sonrisa nerviosa fue la respuesta de Ana, quien caminó más rápido de lo acostumbrado por temor a que la abordara. Así, pasaron semanas en que los encuentros y miradas entre ambos se hicieron rutina. 

Una tarde de junio el cielo amenazaba con lluvia, como cosa rara el bus llegó vacío Ana se apresuró y se sentó en uno de los asientos de adelante, sacó el teléfono de su bolsa y se colocó los audífonos para escuchar música. Grande fue su sorpresa al ver que su compañero de asiento era el joven de ojos bonitos. Una fuerte lluvia hizo que el recorrido de vuelta a casa fuera más largo de lo previsto, y aunque ambos se miraban de reojo con más frecuencia de lo normal, ninguno habló o intentó hacerlo.

-Después de ese día lo ví una vez más, esa tarde me senté y él se quedó parado varios asientos atrás de dónde yo iba. Unas jovencitas se colocaron a la par mia y comenzaron a hablar de lo guapo que era ese chico. Una de ellas retó a la otra para hablarle y la patoja así lo hizo.- Me cuenta Ana un sábado por la tarde, mientras tomamos  café.

-Se acercaron a él e iniciaron una plática, ese día sentí vergüenza porque a mis 37 años un niño que seguramente rondaba los 20 me ponía nerviosa. Después de ese día, inicie un nuevo trabajo que me permitía quedarme en casa. Ya no lo ví más, se convirtió en un recuerdo bonito."El chico del Transmetro", así le digo porque nunca supe ni donde trabajaba, ni cual era su nombre, solo recuerdo sus bonitos ojos que me miraban, como si tuvieran mil preguntas por hacerme y como si yo fuese la mujer más bonita que abordaba el bus en la estación de la 18 calle.-  

Al terminar su relato Ana sonríe, suspira, sus mejillas se ruborizan y sigue bebiendo de su humeante taza.